Yo estaba allí

Yo estuve aquel día. Pasaron ya 36 años,  y como la vida, todo se fue volando, a un ritmo infernal, como en tan pocos segundos un genio pudo eludir a tantos rivales, en este caso ingleses, para marcar el mejor gol de la historia de los Mundiales.

Uno no se da cuenta del privilegio de haber estado hasta que alguien, algo, lo hace notar con el paso del tiempo. En aquel momento, ese 22 de junio de 1986, uno estaba metido de lleno en el partido, en sus circunstancias, en sus detalles, para no perderse nada. No podía ponerse a pensar que estaba viviendo un hecho histórico, aunque alguna sospecha podía tener.

Recién al año, cuando pude escuchar el increíble relato del gol por Víctor Hugo Morales (tan emocionante que quedó a la altura misma del gol), al que no pude acceder antes en tiempos en los que –hoy parece mentira- no había internet aunque me encontraba en el mimo estadio, comencé a tener idea de lo que se trataba.

La inquietud de los días previos se fue transformando en nerviosismo. Habían pasado cuatro años de la Guerra de Malvinas –en la que este escriba bien pudo haber estado, por una cuestión etaria-y ya aparecía la chance de enfrentarse a uno de los históricos rivales de la selección argentina por tradiciones y estilos distintos de juego. Esos enfrentamientos bélicos y futbolísticos le daban una connotación particular al partido.

Ya en las horas previas, la temperatura subió. Comenzó a circular en México una versión acerca de que el Congreso argentino quería votar que la Selección saliera con una camiseta con el mapa de las Islas Malvinas, y José María Muñoz, el recordado relator de Radio Rivadavia, apareció por la concentración argentina de Las Águilas del América acompañado de sir Bobby Charlton, que en ese momento era una de las imágenes de una tarjeta de crédito internacional, para tratar de apaciguar los ánimos.

Un periodista israelí, en el centro de prensa del Hotel Presidente Chapultepec, nos chapeó de contactos en la selección inglesa y nos invitó a acompañarlo hacia el hotel de los británicos, y sin nada que perder, con el querido Luis Blanco, que se fue hace dos años, decidimos acompañarlo. Cuando lo vimos saludar con abrazos a Dino Zoff y a otras figuras del fútbol mundial, nos empezamos a dar cuenta de que era en serio y al rato nos trajo a una mesa, en una zona parquizada, a Terry Bucher y a Gary Lineker, amigos de él. Con ellos, departimos sobre lo que podía suceder al otro día con toda naturalidad.

Blanco, que no entendía mucho de inglés, comenzó a aburrirse y al poco rato, noté que me codeaba sin entender bien la razón. Luego de mucha insistencia de su parte, señaló hacia una zona más boscosa en la que paseaba, cierto, una pareja bastante rara. Ella, de buena curvas, parecía bastante menor que el joven pelado que la acompañaba y hasta allí, no había noticia alguna para rescatar, aunque con mayor observación, el señor tenía un notable parecido con Alberto Poletti, el ex arquero de Estudiantes, compañero en los sesenta de Carlos Bilardo y Carlos Pachamé. ¿Qué haría allí, en un hotel de concentración inglesa, cerca del aeropuerto Benito Juárez?

Ocupamos uno de los pupitres a la altura del mediocampo hacia la derecha, donde se ubicaba la defensa argentina, por lo que los dos goles de Diego Maradona, los vimos a bastante distancia. Demás está decir que en el gol de “La mano de Dios” nunca vimos que no haya sido con la cabeza, y que en el segundo, la euforia fue tal que algunos de los colegas ubicados en los pupitres del piso de arriba, se nos abalanzaron en un solo grito y uno de ellos, Jorge Ruprecht, cayó encima de una de mis piernas. Sí, en el gran gol de Maradona a los ingleses, me lesioné y no me importó, aunque horas más tarde lo terminara pagando.

Aquel fue un partido parejo, en el que descontó Lineker y después, el “vasco” Julio Olarticoechea sacó con la nuca, de manera increíble, lo que era el empate. Decíamos entre nosotros que pasar esos cuartos de final implicarían un salto en la confianza y así fue, con un festejo loco al terminar, que anunciaba que ya no había manera de perder contra nadie y que aunque faltaba, ya soñar con un título mundial era posible.

Sin embargo, nada puede opacar el increíble gol de Maradona, con todos los detalles que ahora sabemos y que el paso del tiempo ayudó a conocer en profundidad desde lo que pensó el ejecutor, la velocidad en el desplazamiento, los que llegaban a su lado para la descarga, lo que intentaron hacer lo defensores, la alegría tras la definición, la frustración de los rivales, el recuerdo del consejo del hermano tras el gol perdido ante Inglaterra años antes en Wembley ante Ray Clemence, el sueño cumplido.

Y uno estuvo allí, en ese Azteca repleto, siendo testigo en uno de los hechos más importante de la historia del fútbol. Con el privilegio de haber sido testigo de esa magistral obra de arte futbolera,, hace ya 36 años.

Ho visto Maradona.

 

“Prendido a tu botella vacía
esa que antes siempre tuvo gusto a nada
Apretando los dedos, agarrándome, dándole mi vida
a ese para-avalanchas
Cuando era niño
y conocí el estadio Azteca
me quedé duro, me aplastó ver al gigante
de grande me volvió a pasar lo mismo
pero ya estaba duro mucho antes
Dicen que hay
dicen que hay
un mundo de tentaciones
también hay caramelos
con forma de corazones
Dicen que hay
bueno o malo
Dicen que hay más o menos
dicen que hay algo que tener
y no muchos tenemos
Prendido
a tu botella vacía
esa que antes siempre tuvo gusto a nada”

(Andrés Calamaro, Estadio Azteca)