Gallardo deja una impronta en River

River Plate's coach Marcelo Gallardo gestures during the Argentine Professional Football League match against Platense at the Monumental stadium in Buenos Aires, on October 12, 2022. - Marcelo Gallardo announced on October 13 that he will step down as head coach of the Argentine club River Plate, which he has successfully led for the past eight years, at the end of his contract. (Photo by JUAN MABROMATA / AFP) (Photo by JUAN MABROMATA/AFP via Getty Images)

Con la clasificación asegurada a la próxima edición de la Copa Libertadores 2023, y en un año que puede traer tres títulos para su eterno rival, Boca Juniors (Copa de la Liga, Liga y Copa Argentina), la misión de Marcelo Gallardo en River Plate, tras casi ocho años y medio, parece hartamente cumplida y dejando una impronta como pocas otras veces en la historia.

Tanto es así, que desde la duración del ciclo en una época en la que resulta inusual el tiempo transcurrido desde aquel comienzo en 2014, Boca cambió siete veces de entrenador, Racing, diez; Independiente, once; y San Lorenzo, quince. Sacó diferencias en los “mano a mano” con los cuatro (con Boca, de manera ajustada, por un partido, aunque le ganó la final de la Copa Libertadores 2018, que es el partido más importante) y a todos los grandes argentinos los eliminó de algún torneo internacional.

Ya si fuera por estos datos, sería suficiente para colocar al “Muñeco” entre los grandes de la historia riverplatense, acaso debajo de Ángel Labruna (en opinión de quien esto escribe, porque es incomparable el grado de dificultad de los años setenta, cuando los “Millonarios” ganaron seis títulos bajo su conducción), o Renato Cesarini (por la docencia y el juego espectacular), y cerca de José María Minella y Ramón Díaz.

Gallardo deja, además de un estilo de juego ofensivo y aguerrido, basado en la presión alta, en un amplio sentido de fútbol colectivo y con intentos de darle un uso estético a la pelota y es claro que la dirigencia del club se enfocó más por los torneos internacionales (en buena forma, por una extraña deuda que de alguna manera River sigue teniendo) que a los locales, y la prueba es que la única liga que consiguió fue la última, la de 2021, pero consiguió la Copa Sudamericana 2014 (la de su primer año de trabajo) como las Copas Libertadores 2015 y 2018 (ambas con polémica, como la descalificación de Boca por el episodio del gas pimienta en el entretiempo de la revancha de los octavo de final en la Bombonera en 2015, y la agresión al autobús de los jugadores de Boca en las inmediaciones del Monumental en la vuelta de la final de 2018) y acaso la que mejor jugó y mereció ganar, especialmente en la final ante Flamengo, en 2019, cayó en los dos minutos finales fatales, cuando ya parecía que volvía a alzar el trofeo.

Gallardo fue un innovador con la introducción de la neurociencia a través de la doctora Sandra Rossi, sorprendió con algunos planteos tácticos, armó varias veces equipos que perdieron a sus mejores valores al transferirlos al exterior y generó una sensación extraña de gran imperio, aunque le queda en el debe la proyección a los Mundiales de Clubes. En 2015 sucumbió ante un gran Barcelona de Lionel Messi y en 2018, a pocos días de vencer  Boca en el Santiago Bernabéu, fue derrotado en semifinales por el Al Ain local en Emiratos Árabes Unidos, sin poder llegar a la final ante Real Madrid.

Acaso en el final del ciclo ya había mucho desgaste –creemos que debió irse cuando se cumplió el segundo mandato de la presidencia de Rodolfo D’Onofrio, a fines de 2021-, su plantel subió en promedio de edad con jugadores veterano (Maidana, Pinola, Enzo Pérez) o que provenían de ligas sin mucha competencia (Quintero, González Pires) y ya los resultados no fueron los mismos y la hegemonía se fue desdibujando incluso en los torneos locales, pero nada de esto tapa la eterna relación que se fue forjando entre Gallardo, ya convertido en ídolo histórico, y los hinchas.